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Un programa constructivo para la ciudad de Sevilla.

Seguiremos pendientes
de Sevilla.

El milagro del Padre Tarín.


 

Los jóvenes del 22 de mayo.

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En una cafetería cercana al mar Atlántico no habíamos terminado el desayuno cuando leímos que se enterraba al creador de la Facultad de Filosofía de Sevilla. Don Jesús Arellano Catalán fue uno de aquellos catedráticos de la época en que el concurso nacional de plazas docentes deparaba para una Universidad el hallazgo de un profesor con ciertas características diferentes, incluso la de ser nacido en otra provincia, que no es pequeña virtud para una fructífera labor pedagógica. Nos encaminamos de inmediato al cementerio de San Fernando y llegamos a tiempo a la oración última cerca del Cristo de las Mieles. De vuelta por el sendero de cipreses, un discípulo suyo nos respondía: en la Universidad ya no quedan maestros. Una ley torpe había acatetado a las universidades al punto de favorecer al candidato nativo a docente por encima de cualidades intelectuales. Con ella ingresaba en el cuerpo de profesores, entre otros cientos, un ejemplar de quien el presidente de un tribunal de la otra época había dicho a sus compañeros, tras escuchar su ponencia, con una interrogante que a su vez era una conminación: “¿Este no obtendrá nunca plaza, verdad?”. La decadencia es tan evidente que en la Granada con una Universidad señera 22.000 jóvenes se emborrachaban el 18 de marzo de 2011 para celebrar la entrada de la primavera. ¿Qué piensan sus profesores, los dirigentes de la ciudad, sus diputados provinciales y senadores? ¿No se sienten culpables de esa degeneración en una de las provincias más pobres de España pero con una Universidad atractiva y una imagen turística internacional de primer orden? La vergüenza es aún mayor comparándola con una situación internacional en que miles de jóvenes desde el Yemen y Jordania hasta Marruecos y Portugal claman por cambiar sus países, por romper con sistemas amojamados que carecen de expectativas para la juventud. Porque España, como todos esos países, necesita con urgencia una convulsión social que rompa el amodorramiento que permite que un inútil dirija a una gran nación. Y siendo la juventud la fuerza regeneradora o revolucionaria, ¿aquí, donde más urgente y necesaria es la transformación, la multitud de jóvenes se emborracha, se deprava? Será difícil encontrar mayor corrupción. Presenciamos así las consecuencias extremas de que el máximo poder político haya surgido no de una selección entre los mejores, como exige la razón para alcanzar la cátedra o el gobierno, sino de la envidia. Sí, de la envidia: la España de hoy no está dirigida por el más apto sino por el mediocre menos envidiado, que fue el que ganó las elecciones internas del partido gobernante, unas elecciones en que triunfaron los votantes que envidiaban al más capaz y prefirieron a un estúpido. Así que nadie diga de su desgracia que Dios la ha permitido; la desgracia, el infortunio de la España de hoy, es ni más ni menos que la victoria de la envidia. Un pecado tan castrante que hasta prolonga la agonía de un gobernante necio que ya debería haber salido de la Moncloa con unas elecciones generales que sepultaran de una vez al enfermo terminal del que penden cuarenta y seis millones de españoles.
Ese gobernante y la causa que lo ha encumbrado a dirigir la nación han producido una generación destructiva. Aproximadamente cada trece años una generación nueva emerge en la sociedad. Puede ser creativa, continuadora o destructiva. En 1978 España presentaba ante el mundo una generación constructiva que había elaborado una constitución; esto sucedía el 6 de diciembre de aquel año. Cuando no habían transcurrido sino trece años y cuatro meses, esto es, en abril de 1992, nuestro país mostraba ante el mundo una generación continuadora de la anterior y que incluso la superaba porque hacía de España la capital del mundo; toda la nación vivía con entusiasmo la efeméride del Descubrimiento de América y cada provincia y cada ciudad y cada pueblo pugnaba por no quedar fuera de la celebración haciendo algo constructivo que fuera orgullo del presente y ejemplo para el porvenir. Pero, ay, llegó el año 2005 y con él una generación destructiva. La verdad es que el cambio de gobierno producido el año anterior –podríamos denominarla por esto generación de 2004- era consecuencia del asesinato de casi doscientos compatriotas. Y si la muerte trajo al poder a un nuevo gobernante, éste no cesó de enmarañarse con la muerte para producir una generación decadente. Pues que es imposible que involucrado con el mal pudiera haber forjado una generación constructiva. El nuevo gobernante padecía el trauma de la muerte violenta de su abuelo en la última guerra civil, y en consecuencia hasta impulsó una ley para desenterrar cadáveres, otra para abortar y una tercera para practicar la eutanasia. ¿Creerá alguien que con esos parámetros se puede construir una generación positiva? Imposible. La generación de 2005 es un fracaso histórico. Esos 22.000 jóvenes granadinos emborrachándose para iniciar la primavera constituyen la manifestación de una generación perdida. Por ello, lo único que cabe para superarla definitivamente es impulsar las condiciones para que la siguiente generación se desligue totalmente de la actual y se defina con la intención de ser creativa. A propósito nuestro Grupo insiste en que se celebre una II Exposición Universal en Sevilla, que sería el núcleo intelectual y material de la nueva generación, la de 2019, que, como 1992, puede devolver a España a sus valores trascendentes universales.
Aclaremos ya que podemos considerar miembros de una generación a los que en el año de su definición tienen una edad comprendida entre 23 y 36 años. Es una edad dinámica, en que se poseen las energías de la juventud y no existen impedimentos mentales para la creatividad, y se posee toda la energía para poner en marcha cualquier pensamiento. Si tomamos como ejemplo la del 98, vemos que Unamuno nació en 1864, y Antonio Machado en 1875. Dicho esto, los integrantes de esta generación negativa lo que podrían hacer es desvincularse de sus condicionamientos, si es posible, y sumarse a los parámetros de la generación siguiente, la de 2019. Ahora los que ya forman parte de esta nueva generación, que debe ser constructiva, ya tienen que empezar a romper con la anterior y defender nuevos valores. Esto sólo se conseguirá con una ruptura definitiva con el pasado inmediato. Si los 22.000 borrachos de Granada son la expresión última de la decadencia de una generación perdida, otros tantos miles o más de sevillanos jóvenes deben iniciar el camino de la generación constructiva de 2019. Y precisamente tendrán una gran oportunidad el próximo 22 de mayo. Sí, como hemos dicho, en otros países las manifestaciones juveniles han acabado incluso con regímenes despóticos, en España la principal manifestación puede tener lugar en las elecciones del 22 de mayo. Ese día, y nos remitimos ahora a nuestros lectores y posibles votantes, que son sevillanos; ese día, decimos, la juventud sevillana habría roto con la decadencia si asiste a votar reclamando un cambio total en el gobierno de la ciudad. Con esa actitud nuestras propuestas para mejorar a la ciudad se pondrán en marcha de inmediato, y Sevilla liderará la transformación de España para que una generación constructiva se consolide y rompa definitivamente con el mal. Los jóvenes sevillanos podrían estimular al cuarto de millón de abstencionistas para que se sumara a esta convulsión. Se acabará con el pretérito si se produce un gran triunfo de la participación política como lo fue en aquel referendum para la reforma tras el final de la dictadura, un triunfo que no ha vuelto a tener igual en todos los comicios siguientes. Como aquel triunfo que anticipaba que 1978 constituiría una generación constructiva, así debería ser el próximo 22 de mayo: una fecha culminante para definir el porvenir. Esta gran posibilidad está en manos de los jóvenes. Son ellos los que deben reflexionar sobre el presente para superarlo y confiar plenamente en que si después de esa fecha alguien traiciona el espíritu que estimuló a que fuera un gran día, habrá que destruir a los traidores, arrebatándoles el poder para generar el optimismo de una ciudad que aspira a construir, y no a destruirse arrastrada por una generación perdida. Y no decimos exclusivamente que voten a nuestro grupo, sino que vayan a votar con la exigencia y la convicción de un cambio que no permitiremos que sea abandonado a intereses del pasado. Llama la atención que Sevilla sea capital de la abstención; el 22 de mayo deberá ser recordado por la máxima participación política de una juventud que no quiere entregar sus energías a la decadencia sino aprovecharlas para construir. La generación de 2019 tiene su primera cita histórica el 22 de mayo de 2011. Los jóvenes sevillanos deberán dar ejemplo al resto de España de lo que es tener ganas de transformar la sociedad (esta foto ha sido tomada de cubaout.wordpress.com). 14-3-2011